Amazon, Alibaba y los sabios impresionables

El mundo está lleno de expertos, asesores, consultores, sabios y gurús que se ganan la vida vaticinando sobre todo lo que nos produce incertidumbre. Se les encuentra fácilmente en congresos, conferencias y libros de negocio que prácticamente rozan la autoayuda.

Algunos de ellos, pocos la verdad, son inspiradores y poseen una visión de largo plazo que realmente da luces sobre lo que puede ser el futuro. Estos a veces aciertan, a veces no. En realidad eso da igual porque nadie realmente puede ser clarividente en un mundo tan cambiante. Pero al menos es de agradecer que antes de hablar hacen un verdadero esfuerzo por analizar el entorno, y son capaces de encontrar relaciones entre datos que no todo el mundo puede ver.

Otros, por el contrario, se aferran a alguna tendencia interesante analizándola superficialmente, le dan un enfoque creativo y a partir de ahí hacen doctrina sobre ella. El único fin de estos es hacerse de una bolsa de seguidores (followers, fans, instagramers o simplemente asistentes a conferencias) lo más grande posible y mantener en ellos viva la ilusión de que de alguna manera sus lecciones son indispensables para el futuro.  Algunos son un peligro para la estabilidad emocional porque venden la falsa ilusión de que la realización personal depende de creerse banalidades como “sé tú mismo” o “eres el mejor”. Otros, igual de peligrosos, han usado su prestigio como expertos para hacer recomendaciones irresponsables que han contribuido a desastres como la burbuja de las “puntocom” en los 90´s o la última crisis inmobiliaria.

En estos días hemos visto a muchos de ellos opinando sobre la nueva apertura de la tienda Amazon Go en Seattle, o sobre los movimientos de Alibaba para invertir en tiendas físicas en China. Algunos acusan a Amazon de falta de visión por abrir tiendas físicas siendo un negocio eminentemente online. Otros más espabilados se han apresurado a decir que el movimiento era previsible y que ya estaban tardando en hacerlo. Sin embargo la verdad es que la mayoría de estos “sabios” han pasado años decretando la muerte de la tienda física, supuestamente aniquilada por el todopoderoso ecommerce. Así que estas noticias sobre las grandes compañías les han pillado con el pie cambiado.

Y es que mientras esos expertos estaban deslumbrados por el crecimiento del negocio online y por las infinitas posibilidades de la innovación digital, se estaban olvidando de lo más elemental: que las compañías existen para satisfacer necesidades de personas, y las personas tienen muchas motivaciones y necesidades distintas a la hora de comprar. Muchas de ellas solo pueden ser satisfechas (a menos de momento) por la experiencia  que ofrece el punto de venta.

Aunque Amazon y Alibaba asientan la gran mayoría de su negocio en la venta online saben que están ahí para satisfacer las necesidades del cliente. Hace poco, en el último congreso DEC, Terry Von Bibra, General Manager Europe de Alibaba lo dejó muy claro cuando dijo que la suya “no es una empresa de ecommerce. Es una empresa que usa la data para mejorar la experiencia del cliente y facilitar la relación entre el cliente y el comprador”.

La compra online no es una necesidad en si misma, es un canal que resuelve muchas necesidades. Pero aún hay muchas oportunidades para el retail tradicional si aprovecha su capacidad de crear experiencias memorables estimulando los sentidos del cliente.

¿Sobrevivirá la economía a los robots o caerán ellos antes?

Con frecuencia aparecen noticias sobre estudios que vaticinan que los robots sustituirán nuestros trabajos en los próximos años. La profecía es casi idéntica en cada una, lo único que cambia es el cálculo del tiempo en que eso ocurrirá, pero da la sensación de que es cada vez más corto. La última que leí vaticinaba que para 2060 todos los trabajos podrían ser sustituidos por máquinas.

Casi produce un respingo imaginar a esas máquinas sustituyéndonos y tomando decisiones indiferentes a la especie que les ha creado. Sin embargo, esa escena apocalíptica contiene una paradoja:  En un mundo en el que los robots se encargan de todas las áreas productivas puede que no haya dinero para comprar robots.

La economía está a punto de dar un giro radical. Por un lado la inteligencia artificial será un dinamizador económico y social, pero al mismo tiempo nos tocará replantearnos el trabajo como fuente de sustento. Sin duda aparecerán nuevos negocios y profesiones que ahora ni imaginamos, pero ¿Podrá la nueva economía absorber a todos los empleos que destruya? Cada vez más estudios dicen que no. Uno de ellos, preparado recientemente por los principales asesores científicos y económicos de Obama, “Artificial Intelligence Automation, and the Economy”, estima que los vehículos autónomos amenazan el trabajo de 2,2 a 3,1 millones de personas en EEUU, y un alto porcentaje no tendría posibilidades de encontrar otra actividad

Podríamos confiar en un ajuste natural de la situación donde poco a poco la economía irá asimilando el cambio. Sin embargo el desarrollo tecnológico es exponencial y posiblemente mucho más rápido de lo que tardará el sistema en acoplarse a él. Se empieza a hablar de la renta básica universal como una solución razonable, pero aún no es más que una propuesta que no se ha probado a gran escala y tiene muchos detractores.

En cualquier caso, sea esa u otra solución, la política y la sociedad tendrán que encontrar un modo para que la economía siga marchando aunque el concepto de trabajo desaparezca. Lamentablemente hay que aceptar que los políticos no se caracterizan precisamente por su velocidad de reacción, la cual es sin duda mucho más lenta de lo que avanza la inteligencia artificial. Pero si no empezamos a considerar este asunto, efectivamente puede haber un problema importante de desempleo en pocos años.

Si ese fuera el caso, las malas noticias no afectarían solo a los humanos, sino también a los robots. En un mundo lleno de desempleados, difícilmente seguirá siendo rentable continuar desarrollando robots. No tendrá mucho sentido continuar invirtiendo en desarrollar la inteligencia artificial  para empresas que ya no venden, gobiernos en crisis ni a personas que no compran porque no tienen dinero. Es decir, en una economía arruinada por el desarrollo de la inteligencia artificial no merecerá la pena seguir desarrollando la inteligencia artificial. Ese freno podría ser suficiente para ralentizar el crecimiento de la IA hasta que la economía encuentre nuevas vías de desarrollo.

En conclusión, si la IA no llega a crear negocios que distribuyan las riquezas que genera, su propio crecimiento se interrumpirá en cada una de las crisis periódicas que nos esperan en el futuro. Cada cierto tiempo, el desempleo y el fin de las formas de generar ingresos puede acabar colapsando la economía.

Pensándolo fríamente (quizás demasiado) se puede opinar que cada una de esas crisis puede ayudar a volver las tornas y crear una base para el crecimiento. Pero podríamos ahorrarnos el enorme coste de ese reajuste si hacemos una reflexión y metemos este tema en la agenda política y social sin asumir la cómoda postura de demonizar a los robots. Si ellos ganan la carrera, será por nuestra culpa.