PUEDE QUE… solo sea una pulsera

Podría tratarse de un juguete o de un complemento de moda, pero su inventor (un ex surfista californiano, según tengo entendido) ha decidido atribuirle propiedades especiales para el balance corporal gracias a una supuesta vibración de las ondas de su holograma. 

Lo sorprendente es que miles de personas -muchas de ellas de intelecto respetable- han gastado los 42,5€ que cuesta esta “joya”.  En el reverso de la caja se pueden leer textos en los que uno puede sospechar que ni siquiera los mismos fabricantes del invento confían en él:

  • PUEDE AYUDAR A incrementar fuerza, equilibrio, flexibilidad y rendimiento
  • PUEDE AYUDAR A reducir stress, jet-lag, mareo y fatigas

Algunos productos ofrecen beneficios concretos a los usuarios, como por ejemplo una póliza de seguro a buen precio, o un hotel con vista al mar.  En otros casos, cuando es difícil diferenciar a los productos entre sí, se recurre a beneficios menos tangibles, incluso abstractos, pero que -amparados en ciertos marcos culturales- pueden tener valor para el cliente.  Tal podría ser el caso de un vestido de diseño, o una pasta que evoca el sabor de Italia. 

Un argumento intangible puede ser discutible y hasta totalmente inválido para algunos, pero en el mundo de la comunicación el cliente ha aprendido a discernir (aunque no siempre) entre un argumento meramente comunicacional de uno real.  

El problema de las pulseras holográficas – o como quiera que se llamen- es que apelan a un valor tangible sin tenerlo.  Y para burlar cualquier posibilidad de denuncia, dicen una verdad tan ambigua que en realidad es una media mentira: al decir “puede ayudar a incrementar el equilibrio”, también están diciendo que puede que no lo haga, pero para que nadie se detenga en esta nimiedad, en el reverso de la caja aparece una fantástica (¿o fantasiosa?) prueba de equilibrio que “demuestra” que la pulsera funciona.

 Es cierto que muchas veces los atributos que percibimos de un producto están muy por encima de su coste real.   Sin embargo eso no debería ser una “patente de corso” para los empresarios y responsables de marketing.  Nos valemos de los valores sociales para vender, y por ello también somos en parte responsables del modo en que evolucionan.